15 feb. 2012

El arte del auriga



Kilómetro 0
Una nueva vida. Lo digo y me lo repito en serio. Y me preparo y salgo a trotar a la playa: Seis rigurosos kilómetros a las seis de la mañana, aún en total oscuridad y a tres años de cumplir los cuarenta. Varios kilos después del último intento, por primera vez de nuevo.
A los pocos metros la arena lastima mis pies descalzos y el aire frío me quema al entrar a los pulmones. La memoria de los huesos me recuerda que antes de que recorra un kilómetro completo podría morir, entre el dolor y fastidio, de cualquier cosa aquí, en la playa, pretendiendo ser quien nunca fui y lamentando no hacerlo con estilo, como por ejemplo, entre las piernas de una puta o baleado en una cantina.

Kilómetro 1
Recorro el primer tramo. El cuerpo se cuadra. “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”. Y pasa frente a mí una mujer en bikini. (Sí, puesto que la oscuridad comienza a disiparse). Viene escuchando música en un Ipad. Está gorda. Y de algún modo obsceno, atractiva. No es posible endurecer de golpe los músculos del vientre. El pene sí. Y éste roza con los muslos con cada zancada dentro del short. Así por un kilómetro más.

Kilómetro 2
“El cuerpo humano no es más que apariencia, y esconde nuestra realidad”. Tengo que aceptarlo. Mis padres hicieron lo que pudieron por dotarme de uno más o menos funcional. Y yo queriendo averiguar su resistencia me dediqué desde muy joven a destruirlo con alcohol y drogas; internet y botana de cantinas, sexo pagado y mano amiga…

Kilómetro 3
El sol sale y me pega de frente. En la cara.
En mi recuerdo Ella es hermosa, en la vida real ha de haber envejecido. Ojeras malva y barro en el tacón, dice Sabina. Desnudos pero extraños. Ella, con sus manos cortas, se lanzó, sacó mi pene y me vació sin piedad con la boca. Duró pocos minutos, la culpa fue mía… Es una sensación dolorosa la de que las emociones físicas terminan de inmediato, a pesar de que uno piensa en ellas todo el tiempo…

Kilómetro 4
Supe que dejé de ser joven hace unos días gracias a Ella. Otra Ella. Una aspirante a escritora. Tiene 20 años. Yo, los que tengo. La conocí, como suelen describir ciertas novelas de principios del nuevo siglo, en un salón de clases en una ciudad fea y amarilla de este país, a media distancia entre discusiones sobre la nueva poesía y la música de Kurt Cobain y Alejandro Saenz.
Morena y de pelo corto. Alta. Delgada. Mordisqueando coquetamente sus lentes, me dijo que no le gustaba escribir poesía porque le era un asunto muy personal. Que prefería el cuento.
Más tarde entendí que me tenía tomada la medida: Llegó, saludó, platicó un poco y cuando notó que pretendía yo decir algo de más, se fugó. Así, siguió dando la vuelta, contoneándose dentro de aquel salón mientras aprendía de poesía de quienes sí saben de eso…
La dejé en paz a pesar de que mi cuerpo se inflamaba y dolía como cuando un vulgar piquete de mosco en la playa...
El sol ya en lo alto.                                                                                

Kilómetro 5
Cinco kilómetros. No llego a los seis. Me detengo. El aire vuelve a quemar mi cuerpo. Tiemblo y pienso: Necesito unas gafas oscuras, un short más amplio y un Ipad como el de la gorda. No es saludable correr entre recuerdos sin algo a qué asirse para escapar… 

4 comentarios:

Gregorio dijo...

Moraleja: cuando te entretienes con los recuerdos, no llegas a los seis kilómetros. Muy bueno. Me hizo recordar que el cuerpo no es hermoso por la forma, sino por lo que puede hacer.

Anónimo dijo...

Genial, señor!!!!!!!!!!!

Christian.

Anónimo dijo...

Muy buenas reflexiones y recuerdos. Me encantó.
Saludos Richard.

Vero.

Anónimo dijo...

Gracias Oscar por el envío, vi el blog, importante en estos momentos en que falla la poesía.
Te saludo

JLFA