24 ago. 2009

Ficciones, esperanza…

Suele pasar. Cuando las ideas que deseo expresar me parecen sencillas, más trabajo me cuesta ponerlas en palabras. De todos modos lo intenté:

“Acapulco me regaló aquella noche una tormenta. Gotas de lluvia que con fuerza se dejaron sentir sobre mi cuerpo y en mi cara;
disimulando, enmascarando, disfrazando las lágrimas derramadas tras saberte ahora lejos; no, no es viernes pero sí, sí pienso en ti
y te extraño tanto…”.

En fin, que se pelea duro en estas cuestiones de hacerse comprender. Un lingüista dirá: “Lo que sucede es que realmente no tenías la idea”, al tiempo que un escritor me acusará: “lo que pasa es que no tenías las palabras”. Ambos tendrían razón a su modo, pero yo permanecí en la frontera de ambas opiniones y continué:

“Ya te sabía perdida ¿cuánto hace? Sólo yo llevo la cuenta pues tu sonrisa me indicó que para ti la vida había seguido… Y qué bueno porque no hay nada más patético que dejar ir la existencia entre las manos mientras llevas la resta del tiempo sin la persona que amas…”.

Eso sí, renuncié a mencionar el sentido común, no era posible siquiera hablar de su existencia (quien esté interesado puede volver a Castiglione o a Juan Bautista Vico). Y es que el sentido común languidece luego de conocer a un ser humano tan distinto mí que incluso las marcadas diferencias entre un elefante y una hormiga se antojan salvables…

“Imaginarme una vida sin ti no será (¿es?) una diversión inocente; se atizan los deseos entre lo que soy y lo que deseo, entre lo que me es dado y lo que anhelo…”.

Pero mis peores temores se hicieron realidad: La vida no está completa ya de por sí; carece de un orden, de un principio, de un fin, de una coherencia, por lo que vivimos entre todos los sueños lúcidos de las ficciones; queremos ser otros, entregándonos a los disfraces; juntos o separados emprendemos un viaje sin retorno a cualquier lugar ¡fugarnos! ¡Sí eso! Y embarcarnos (¡sí, pero por favor juntos!) en una proeza donde estaría involucrada la esperanza del retorno a la felicidad, aquella que se me esfumó esa noche…

“…Al final, la ficción me acompañará como Ángel de la Guarda…
Y si bien en este momento sólo puedo repetir frases de amor de otros, llenar espacios con sentimientos ajenos, ríos de tinta que no son los que yo navego, sábete que los días que pasamos juntos fueron
los más bonitos de los últimos años para mi…”.

¿Y después? No sé: Leer más libros de buenos escritores, tratar de hacer ejercicio, escribir más, alejarme de la televisión abierta cuya programación es un insulto a la buena convivencia, intentar pensar por mí mismo, comprender que no existen verdades definitivas y buscar ser generoso con los más débiles, porque nunca como ahora aquella frase de Juan Carlos Onetti: “...Y la vida es uno mismo, y uno mismo son los otros...”, finalmente ficciones, finalmente esperanza… Así que concluyo sin más: Jimena, hija, gracias por existir…

“…Te amo…”.