24 may. 2011

Acerca del destino


 Y Alejandro gritó: “¡vamos a enmendarle la plana al destino!”, con el aire de superioridad que sólo el alcohol puede dar. Acto seguido, se paró sin titubeos sobre la cornisa y se arrojó al vacío. Así. Sin más…
Ahora que estoy sobre la azotea de un edificio, soportando el aire y recordando aquellas líneas, aún me pregunto qué es el destino y presumo que éste aparece casi siempre entre nosotros para angustiarnos; aparece, como un poder sobrenatural que guía las vidas de cualquiera de forma necesaria y a menudo fatal, inevitable o ineludible.
Luego de que no se terminó el mundo este fin de semana, me río del influjo de las estrellas, los restos del café, los arcanos del Tarot, pero no olvido cuando una gitana me leyó las líneas de la mano precisamente en el DF hace ya muchos años. “Vivirás mucho, mucho pero…”. Y desde entonces nada más no veo la mía gracias a ese “Pero”.

* NI MODO. Aunque pocas veces me quejo de que parte de mis fracasos provienen del simple hecho de haber nacido pobre y en México, tengo que aceptar que esas circunstancias son decisivas. Las metas que me he impuesto se vuelven más lejanas y recorro un camino más empinado.
Sí, sé que se han visto mil escritores desdichados y sé que se ha dicho que su destino era fatal, pero aún no he entendido que el infortunio se prolonga en las almas débiles a las cuales la primera desdicha les quita el valor y la fuerza de prevenir la segunda. No obstante, y sin recurrir a Camus y “El mito de Sísifo”, aprendo que no hay destino que valga si uno no está dispuesto a probar una y otra vez, sus fuerzas. En vía de mientras y mientras asimilo lo anterior, sólo puedo repetir el mexicanísimo: “Ni modo” (que no es otra cosa que la derrota de la voluntad ante el destino…¡Polp!)

*11:11. El parecido y la coincidencia nos había convencido que habíamos nacido el uno para el otro. Números perfectos, lo supe recién. Por la mañana o por la noche, en un café o en la oficina, nuestras miradas se cruzaban exactamente a esa hora.
            “Él supo que ella era la chica cien por ciento perfecta para él, ella supo que él era el chico cien por ciento perfecto para ella”, dice Haruki Murakami en su cuento: Acerca de mi encuentro con la chica cien por ciento perfecta una bella mañana de abril. 
            Sin embargo, como en el cuento, “el fulgor en sus corazones brillaba muy débilmente y sus pensamientos no eran tan claros... Se cruzaron sin decir palabra y desaparecieron en la multitud, cada uno por su lado. Para siempre”. Las últimas frases que recuerdo son: Nos parecemos. Sólo lo necesario. ¿Y si nos parecemos más? Pues nos desaparecemos…

*ALEJANDRO. Alejandro no murió como narré que murió (y me hubiera gustado que fuera así porque me hubiera dado una lección). Pareciera que él se dio cuenta antes de los quince años de la inutilidad de tratar un destino inexorable que se ha predicho correctamente. Como en las tragedias griegas, en que el personaje principal o héroe se levanta contra los dioses o contra la sociedad incurriendo en un defecto de carácter o pasión, agarró un frasco de veneno y fue castigado con el fin habitual de toda tragedia: la muerte.
Y digo, pareciera porque cada que recuerdo a Alejandro, alias“Chupadedo”, no dejo de imaginarlo de mi edad, entre nosotros, conmigo, como agente de su propio destino, capaz de determinar su futuro y con el poder de elegir realmente cuando triunfa, cuando fracasa.

En fin, que no hay destino que no pueda elegirse cuando uno no está dispuesto a “quemar las naves”. Yo una vez no me atreví y pagué las consecuencias dando tumbos en una vida que no me gusta, y este frío de la chingada me hace ver por el momento un lado de la moneda: el hombre sólo puede escoger cómo se comportará cuando el destino llame a su puerta, con la esperanza de que tendrá el valor de abrirla cuando llegue...

18 may. 2011

Una lástima...

Seguro les ha pasado. Yo nunca lo hubiera creído. Pero Ella, al enterarse, de inmediato tomó su cámara y empezó a seguirme. Ya tenía experiencia en casos extraños, paranormales y anormales. En una ocasión, una bandada de ángeles se dedicó a chingarle la madre. No pudo atrapar a ninguno, pero las evidencias ahí estaban: Polvo de ángel, plumas y el desmadre en que convirtió su vida.
            Y no soy vanidoso pues, “la vanidad es lo de hoy y ayuda a existir a quien, en esencia, no es nadie”, como me dijeron hace unos días. Sin embargo, desde el momento en que me pasó lo que me pasó he puesto más atención al detalle.  Y Ella me ayudó.
            -Este es como “mustio” -me dijo al ver la primera fotografía. -Este es como de “no sé nada”, este otro es como de “yo no fui”, este es más de “yo no quiero” y este otro es de “tarugo”…
            Ninguno era el que hacía falta y conforme pasaron las horas, me empecé a angustiar. Ella, con una serenidad ejemplar, me daba ánimos para continuar con mis cosas, mi rutina, mi vida.
            -Tengo miedo de perderlo… -le comenté con tristeza una mañana de domingo en que no me pudo acompañar.
            -Tú no te preocupes -me interrumpió. -Tarde que temprano ya aparecerá…
            Pero llegado el momento, sus palabras dejaron de tranquilizarme. Así que comencé a buscar. Primero en el baño. Lo más obvio. Después en el tocador de la recámara, en la puerta del closet y hasta en los vidrios de las ventanas. Nada. Habrían pasado unos cuantos días desde que desapareció y temía que también el de “amor extemporáneo”, que despertó en su momento la envidia de la gente, desapareciera.
            Fue al día siguiente, un lunes, cuando Ella y yo nos pusimos a trabajar en el asunto. Cámara en mano, de nuevo se dedicó a seguirme. ¡Click- Clic- Clic! Nada. ¡Click- Clic- Clic! Nada otra vez. Sin embargo, su perseverancia dio frutos: cuando comencé a rasurarme y voltear intempestivamente al espejo, casi casi lo conseguimos: Mi rostro, el verdadero, estaba ahí.
            Quizás la imagen no es muy buena, pero se puede apreciar que corresponde al rostro, mi rostro, que no tiene respuestas aprendidas, que no es fingido, que no es una máscara; es el rostro, mi rostro, que es real, que no está esculpido por las endorfinas ni tiene la mandíbula trabada por una sonrisa; es el rostro, mi rostro, tu rostro, de todos los que componen nuestra colección, que es auténtico. Y es una lástima que muchos lleguemos a perderlo y no lleguemos a conocerlo…   


8 may. 2011

Sábato y su túnel; yo y mi elevador...

“Entraste al elevador y el silencio se hizo; tal pareciera que había dejado yo de respirar y el mundo de girar con tal de escuchar tus palabras que, como dagas, atravesaron mi corazón:
-Al 7 por favor...
¡Qué poca madre! luego de haberte buscado hasta debajo de las piedras, luego de tanto tiempo esperando a que aparecieras, luego de que... Y sólo 7 pisos me concedías...”.

Así termina un cuento mío que tardíamente recordé y que fue publicado en una página argentina, allá por el 2006 ó 2007, cuya historia subterránea (cosa que a muchos escritores de ahora nos vale un sorbete y sólo narramos anécdotas) planteaba que las ocasiones, como aquella cuando fui a dejar mi texto a la editorial y estuve a un lado de Ella, son la coincidencia de muchos factores sin un cálculo matemático posible; factores pequeños o grandes cuya suma arma nuestras vidas: cuando yo estoy, ella no está, y cuando ella esté, soy yo quien ya no estará. 

Muchos de nosotros nos resistimos a explicar o evaluar esos hechos por miedo a ser acusados de crédulos o supersticiosos, pero sentimos frecuentemente que son algo más que mera casualidad en cuanto parecen tener algún significado simbólico y dejan de ser fortuitos en lo que se refiere a los interesados, como yo, como ella, con su perfil que no me recordaba nada. O más bien, como diría Sábato en El túnel; “quizá la mirada, pero ¿hasta qué punto se puede decir que la mirada de un ser humano es algo físico?; quizá la manera de apretar la boca, pues, aunque la boca y los labios son elementos físicos, la manera de apretarlos y ciertas arrugas son también elementos espirituales. No pude precisar en aquel momento, ni tampoco podría precisarlo ahora…”.
El famoso psicólogo C. G. Jung, señala que ante una coincidencia significativa, podemos reaccionar de tres maneras: Podemos llamarla “una mera casualidad” y darle la espalda con la mente bien cerrada; podemos llamarla magia -o telepatía, o telekinesis-, lo que no es mucho más útil o informativo. O podemos postular la existencia de un principio de “acausalidad” y usar esa idea para investigar el fenómeno más a fondo.
            Lamentablemente, mientras me encontraba metido con ella en aquel ascensor, lado a lado, intercambiando miradas y esperando a que algo pasara, no pude recordar bien a Jung y tenía más en mente al negativo y existencialista de Sábato: “lo corriente, es que nadie tenga la obligación de hablar en el interior de un ascensor…”, con lo que me maté así nomás a mi propia María Iribarne, quedándome solo y aislado,  cerrándome la posibilidad de hablar con Ella y tener la ocasión, la única, de poder enfrentarme a un “tengo” y un “quiero”, para quedarme con un “tengo” y un “quise”. 
          ¡Qué poca madre!


2 may. 2011

De sombreros, recuerdos y olvidos.

Mientras que para mí, viajar en un autobús es una de las torturas que debo soportar por ser pobre (hora y media a Chilpancingo, tres a Cuernavaca, seis a Puebla, otras tantas al DF y ¡doce a Guadalajara!), para otros representa una oportunidad para dormir, ver una mala película, leer, pensar, recordar u olvidar. Y me resultan tan oscuros y misteriosos estos procesos de la memoria y el olvido, que no recuerdo bien la discusión durante aquel viaje, pero todo se centraba en un par de cosas: Ella se acordaba muy bien de las fechas en que ocurrieron tal y tal evento y yo, sólo de los recuerdos que me dejaron los mismos.
-Este sombrero… -le dije mostrándole el mío de ala estrecha y color negro- lo tengo desde hace un par de años, pero no estoy seguro…
-Caray, Ricardo, por favor, ¿me vais a decir que ese momento, esa fecha no fue importante para vos?
-Supongo que sí, pero mejor me acuerdo de quien me lo dio y no de cuándo ni cómo -comenté-. Es más, me acuerdo mejor de que alguna vez me metí en una bronca porque una exnovia posó en una fotografía con un sombrero similar y quien me lo regaló, creo mi pareja en ese momento, pensó que yo le había prestado el mismo a la ex…
-Sois un caso -dijo con ese acentito extranjero tan suyo.- Lo mismo os pasará con los cumples, los festivos y otros. Seguro olvidáis…
A lo que yo respondí encogiendo los hombros y mirando aquel sombrero, mientras pensaba en un libro de Oscar de la Borbolla que dice que un recuerdo jamás es poca cosa pero que “el olvido es un territorio inmenso donde las cosas mueren por segunda vez y tan silenciosamente que ni siquiera nos dejan en situación de duelo. Porque no es que se borren poco a poco…sino que un día uno se despierta sin ellas y no lo nota ni se vuelve a acordar de que estuvieron”.
Y de pronto en segundos, y ya lo dije, me resultan tan oscuros y misteriosos estos procesos de la memoria y el olvido, recordé que recién, cuando vacié mis cajones, hallé una base para maquillaje, unas ligas para el pelo y una pulsera de plata para el tobillo. Esto es: alguna vez hubo alguien y supongo, una mujer que convivió conmigo y que era importante. Sin embargo no pude recordar el rostro ni el nombre de la propietaria y esos objetos siguen ahí, recordándome mi olvido.
En “La libertad de ser distintos”, mi tocayo nos dice que es fascinante que haya sucesos que desaparecen tan completamente de nuestra memoria que ni siquiera notamos su ausencia. Días, meses, años, caras, amigos, libros y fechas. Las pinches fechas. Y mientras a aquella extranjera me la comía con los ojos para no olvidarla, me puse melancólico al pensar que olvidé cuándo murió Ayrton Senna, pero no olvido la tristeza por el héroe de la infancia perdido; he olvidado cuándo fue el día en que mi madre me dio un largo abrazo y me dijo que me quería luego de nuestra última pelea, pero sé que ese evento marcó el final de mi adolescencia, y si no recuerdo si fue un Día del Padre o un 30 de abril, jamás olvidaré la primera vez que Jimena me dijo “te amo, papá”.
            Aún faltaban varias horas de viaje y mi cuerpo me lo recordaba enviando sus mensajes, eso sí no lo olvido, pero luego de un par de pastillas, por fortuna me quedé dormido pensando en el libro aquel y en que también hay olvidos voluntarios: conseguir un taxi bajo una tormenta, el café sin sabor del oxxo, las borracheras, los trabajos vergonzosos, los amores ridículos, aquel viaje y porqué no, a lo mejor esos objetos que siguen ahí. Después de todo, ¿de qué me sirve que me acuerde si ya no volveré a tenerla?