28 sept. 2011

Séptima carta a los colosienses

NOTA: La Séptima carta a los colosienses es una de nueve que fueron encontradas en los papeles personales del autor mientras estuvo recluido en el psiquiátrico de Cholula antes de ser desahuciado.

Forzar la realidad. Falsearla. Ver lo extraño y el extrañamiento. Agarrar por las nalgas los dichos de las abuelas. Hablar mal de la familia, los amigos, los enemigos, las parejas y las ex parejas escudándose en el narrador omnisciente. Matar el aburrimiento, echar mierda contra Octavio Paz o contra Revueltas, sin que se den cuenta de que se está hablando de ellos (claro, están muertos). Muchas de ellas, excusas para escribir.            
Sin embargo, escribir no es fácil. Pero el resultado es estupendo. Lo he probado y saboreado.
           Recalco, no es fácil, pero lo he aprendido a hacer durante mi paso por cursos y talleres literarios, esos microcosmos del gran público lector (críticos incluidos), donde uno aprende eso, a ponerse a escribir y formar el carácter, si aún se está en edad de que esto suceda. Porque estos lugares enseñan el equilibrio entre humildad y seguridad en uno mismo antes de publicar y volverse “Alguien” en el mundillo de las letras.
En esos lugares me han dado las herramientas para revolver veinte palabras de sencilla pronunciación y ocho conectores de dócil manejo con saliva tibia. He aprendido a dejarlas a fuego lento mientras se lee (todos, copia en mano) algo de nuestro trabajo. A esparcir la dosis de admiración producida por ese algo, ya sea cuento, poema o ensayo, en el ambiente humedecido por una cómplice sonrisa juvenil y por la mala leche del más escéptico del grupo. He aprendido a mezclar todo con un número indeterminado de palabras frescas, sean frías o recién sacaditas de un diccionario. A aderezar la mezcla con experiencias personales, programas de televisión, olores de la calle o las voces de los compañeros. A aprender a echar al gusto unas cuantas burlas a los profesores y, si hay a la mano, un polvito de nostalgia.
Además, es duro decirlo pero es cierto, también se aprende lo que no: hay quienes no sirven para escribir literatura. Pero, aunque sean abogados, genios de la moda, arquitectos, mahometanos, universitarios de pésima ortografía y de gran elucubración, hay que darse cuenta de que la literatura sirve para todo, y hay que luchar contra la corriente para descubrir lo que todos andamos buscando: la magia de las palabras. La salvación.
Las palabras de “Rayuela” salvaron a una muchacha de diecinueve años del suicidio después de terminar con su novio, y un ama de casa neoyorquina desistió de cortarse las venas porque en lugar de agarrar el cuchillo se dejó caer de canto “En mi flor me he escondido”, el libro de Emily Dickinson. En mí, “El mito de Sísifo” de Albert Camus, tuvo el mismo efecto. Luego entonces, no importa entonces si son escritas o leídas pues, como diría Saramago, las palabras son piedras puestas atravesando la corriente de un río. Si están allí es para que podamos llegar al otro margen, el otro margen es lo que importa. Y digo yo, la lectura, amar la lectura, es catafixear horas-mierda por horas de una inexplicable pero deliciosa compañía. Esto es. La magia de las palabras. La salvación.
Ahora. Una vez que se cruzó la frontera lecto-escritora y se escribe porque se lee, porque se quiere parecer uno a Faulkner, Carver o Arreola, o porque se está enamorado de la capacidad de las palabras para decir la verdad, seamos honestos y digamos: escribimos sobre todo porque no sabemos escribir pero en un taller podemos aprender…
Taller de Eduardo Antonio Parra (México, D.F. 2011)

6 sept. 2011

Segunda carta a los colosienses

NOTA: La Segunda carta a los colosienses es una de nueve que fueron encontradas en los papeles personales del autor mientras estuvo recluido en el psiquiátrico de Cholula antes de ser desahuciado.

Soy hablador, lo admito, pero cuando estoy nervioso no abro la boca, me quedo quieto, siento unos ridículos deseos de pasear por los pasillos, la sala, en chanclas y pijama, saltando de vez en vez a otros internos que, acostados en el piso, ven la televisión. Si bien el hospital es de categoría, y tiene grandes jardines y hasta un elevador (aunque yo no lo uso), no tiene suficientes butacas, sillones, sofás o poltronas para que veamos la televisión. Por eso, entrada la noche, me da por recorrer los mismos lugares y aprovechar el silencio, la calma, y que todos duermen para hacerme de la caja idiota para idiotizarme yo solo hasta dormirme, por lo que muchos de los empleados no me aman. No obstante, luego de haber arreglado esa situación con unos cuantos billetazos en las manos correctas, obtuve el permiso tácito de hacer lo que quiera a la hora que quiera.
Era pasada la media noche. Había cenado un gran filete con una garrafa de tinto. El canal, el Veintidós o el Once, no recuerdo. Era un grupo de escritores que conozco, que he leído, opinado mientras yo luchaba contra el peso de los párpados, cuando sonó un teléfono. Oí que alguien respondía. Una voz que me era familiar, cercana, que decía:
Algo hay de vulgar en la difusión pública de opiniones de los escritores sobre asuntos de los que no tienen un amplio conocimiento directo. Si hablan de lo que no conocen, o conocen apresuradamente, se trata del mero tráfico de opiniones… Sí, acá hay uno, por eso lo digo. Le da por pasearse en chanclas y pijama, y ve la televisión por las noches… En una de esas y hasta nos está oyendo…”.
Le bajé el volumen a la televisión. Escuché entonces un refunfuño confuso, como los míos: “no”, respondió la voz, “no sé quién es… Y digo, el problema con las opiniones es que nos quedamos con ellas. Y cuando los escritores se desempeñan como escritores y no como opinadores siempre ven... más. Haya lo que haya, siempre hay algo más. Ocurra lo que ocurra, algo más siempre está ocurriendo, también…”.
Colgó ruidosamente, oí pasos que se acercaban, me concentré en la caja idiota e ignoré los ruidos de una puerta que se abría y luego se cerraba. No podía quedarme todo quieto, así que volteé lentamente. Ante mí, una oscuridad y un silencio que sólo me permitió barajar algunas posibilidades: 1) Volver a mi cuarto y acostarme a dormir con el coraje. 2) Idem, con una variante. Esto es, acusando a la persona que de mí habló a mis espaldas. 3) Olvidar el asunto y seguir viendo televisión. 4)… la cuarta se esforzaba por formarse en mi cabeza cuando se escuchó de nuevo el mismo teléfono. La voz era muy baja, no entendía yo palabras. Paré la oreja y entonces distinguí algo: “los escritores serios, los creadores de literatura, no sólo deberían expresarse de modo distinto al discurso hegemónico de los medios de difusión. Deberían oponerse a la monótona cantinela de los noticiarios y de los programas de entrevistas…”. Luego, el final de la llamada y unos pasos que se acercaban. De inmediato le subí el volumen a la televisión, mi corazón se revolvió. Era imposible que me quedara ahí sentado. Me dije: ¿por qué diablos no corro?  Y sí, mejor corrí. Y corrí sin darme cuenta que había perdido una chancla. Y tropecé. Y desde el piso di la vuelta hacia la oscuridad y todo nervioso, con la boca cerrada y quieto, escuché la voz que sonó en toda la habitación: “la primera tarea de un escritor no es tener opiniones, sino decir la verdad y negarse a ser cómplice de mentiras e información errónea, y cuando desperté, sólo estática había en la televisión.
(Agradecimientos a Susan, Alejandro, Ítalo y Eugenio)


No: He estado ahí, he hecho aquello.
Sino: Por esto, contra esto.