18 oct. 2013

Maya...

Ella, vestida con un sobrio conjunto oscuro de dos piezas que le acentúa la figura, sonríe, espera con gusto al siguiente admirador seleccionado y le extiende los brazos como a un viejo amigo. Un flash, dos, tres, y se repite el protocolo con alguien más mientras uno, paciente, espera su turno para acercársele cuando la noche avanza en la primera jornada de la Feria Internacional del Libro de Acapulco.
   Con seguridad, escenas como éstas se repiten una y otra vez cada que la actriz mexicana Maya Zapata se para ante algún escenario. Y no es de extrañarse: un premio Ariel a mejor actuación, más de 30 películas en México y en el extranjero, series de televisión y lo más importante: unos ojos cafés tirándole a miel y un ángel que a más de uno nos pone nerviosos. Por eso la primera pregunta: ¿Por qué no nos aceptas en el Facebook?
   Risas. Se rompe el protocolo dentro del Salón Papagayo del Centro de Convenciones, pero ella responde veloz al tiempo que nos sujeta del brazo: “Ah, pues porque no lo uso (más risas) hace muchísimo tiempo que lo dejé y…”…Y le hacemos una señal de que es broma.
   Hace un guiño, hay más risas y agrega: “es que es verdad, no supe como para qué usarlo pero aprovecho la oportunidad para decirles que en serio, no lo uso…”. Las sonrisas son mutuas ante la vista de los pocos admiradores que quedan y los medios presentes.
   Pretendemos ponernos serios. Le recordamos una primera charla de hace tres años, cuando filmaba una serie de televisión para Canal Once: Soy tu fan. Después le preguntamos por el éxito de su siguiente serie: Kadabra, que se trasmitió por la señal de Fox para todo el mundo.
   “De televisión son esas dos, Soy tu fan y Kadabra, ahora estoy haciendo algo dedicado al teatro en Canal 22 como conductora; es la primera vez que lo hago y estoy  muy contenta”.
   Y se le nota. Se lo hacemos saber.
   “Estoy descubriendo esta nueva disciplina (el teatro) que es la madre de todos los espacios interpretativos y me encanta; este otro mundo me ha recibido con un grande y caluroso abrazo; en serio soy muy feliz”.
    No la contradecimos. Luego de escucharla recitar varios poemas de sor Juana Inés de la Cruz como parte del programa “Leo… luego existo” de Bellas Artes, de ver cómo de inmediato hizo click con el público que le aplaudió agradecido… 
   Un alto. Dejamos de lado la entrevista como tal y volvemos con la charla del año 2010, de cuando las peripecias para grabar tan solo un par de escenas para aquel programa de televisión en conocido bar de Acapulco y de lo tarde que se hicieron así como los motivos que quedarán “off the record”… Han pasado ya muchas cosas.
   “Precisamente en eso he estado pensando en estos días; antes sólo disfrutaba la parte linda y sufría por cosas muy bobas y ahora que tengo la vida muy complicada soy mucho más feliz; cada decisión que he tomado en mi vida ha sido para llegar hasta este lugar donde tengo más responsabilidades: produzco, actúo, conduzco…”.
   –¿Vendes mole los domingos?, preguntamos.
   Carcajadas, nos sacude del brazo pero no contesta. Con coquetería sólo atina a decir que “hago muchas cosas, de María algunas veces y hasta limpio…”.

Nos relajamos. Volvemos a la parte seria.
“La verdad es que tengo mi objetivo claro: hablar y decir las cosas que yo quiero como quiero decirlo y con la gente que quiero, y como lo estoy haciendo no puedo estar más agradecida”.
   Otro alto. De parte de los organizadores alguien viene para invitarla a formar parte de la ceremonia de inauguración dela feria del libro. Ella sin más acepta gustosa con una sonrisa y aprovechamos para preguntarle precisamente sobre el “Leo… luego existo”.
   “Leer es un sueño, una dicha, un viaje distinto cada vez aún y cuando lees el mismo libro, y por lo menos yo creo que la labor de un artista no es sólo estar frente a una cámara o arriba de un escenario, sino también compartir un poco de nuestros gustos, de nuestros placeras acerca de este tipo de actividades”.
   Maya aprovecha el momento para hablar un poco sobre la cultura  y entre otras cosas, indica que tenemos que seguir apoyándola porque asegura, “es la casa que nos cobija y además, hay que regresar lo que hemos recibido…”.
   –¿Crees en el artista con conciencia social?, le interrumpimos.
   – “Sí, completamente, pero es una elección personal y respeto a quien piense distinto; hay otro tipo de personas que queremos trabajar de otras formas con la sociedad y eso también es bonito”, nos dice cuando nos percatamos que es hora de terminar.
   No obstante, le preguntamos finalmente: ¿Como ves a Acapulco?
   “Con bastante buen humor (risas mientras nos mira), claro, de repente las noticias siempre de un lugar que fue azotado por alguna tormenta te llegan sólo de lo malo, pero cuando llegas tú al lugar no lo sientes tanto; no es que no haya pasado, es sólo que la actitud que tienen es como una actitud muy ligera y eso me gusta porque distingue a los mexicanos… ”. Y para cuando dice esto último, ya nos enfilamos a la salida del salón, rumbo a la ceremonia de inauguración de la feria.
   Y agrega: “estamos tan acostumbrados a la crisis y a sobreponernos a ella y eso me gusta mucho…” y nos separamos, ella a la fila donde los invitados de honor, nosotros donde la prensa no sin antes decirnos hasta pronto.


 
Entrevista originalmente publicada en el periódico El Sur, 17 de noviembre, 2013.

8 may. 2013

Fría madrugada...



¿Han intentado correr cuando aún es de noche en la playa? Bueno, que para la gente que tiene la cordura intacta esto es ocioso, pero hay quienes en las madrugadas nos planteamos esta cuestión. Yo lo hice una vez. Me levanté a las cuatro, me puse los tenis y a las cinco ya estaba sobre la arena. Y a correr. El frío era tremendo y las oleadas de viento me lo decían una y otra vez en la cara. Aguzaba el oído sólo para que el mar me recordara que estaba solo y por ende vulnerable, al tiempo que una media luna medio alumbraba el camino.
      Además, mientras corría pensaba, así nada más, que ya no era importante eso de llevar los tiempos. Es un hecho: He envejecido. Nadie tiene la culpa. Son las reglas del juego. Es igual a… no sé a qué sea igual. Uno se ve en el espejo y nada se puede hacer. Quizás descubrirlo no resulte grato. Quizás entenderlo y sobrellevarlo tampoco resulte particularmente…
En cualquier caso, así es como corría esa vez. El corazón me palpitaba y las piernas me temblaban. Ni hablar de la húmeda y fría camiseta empapada por el sudor. Corría en medio de mi respiración regular y silenciosa, apretando la quijada, bañado en sudor. Corría así cuando me asustó el jadeo de alguien que respiraba a bocanadas cortas detrás de mí.
      Alta, estilizada, con una camiseta blanca y cola de caballo castaña y escuchando música en su Ipod me adelantó. Mientras corría en línea recta cortando el viento vi en ella un aire desafiante y agresivo. Parecía acostumbrada a pasarle a la gente, a adelantársele a todo el mundo. Y seguramente no estaba habituada a que la adelantaran. Saltaba a la vista que era brillante, sana y por supuesto atractiva. Seria y muy segura de sí misma.
      En su caso, la forma de correr era impresionante: zancada larga y apoyo incisivo, firme. Correr disfrutando de la arena y las olas, no encajaba en su mentalidad.
      Me resigné a ir detrás puesto que ya estoy bastante acostumbrado a perder. Sé que hay en este mundo un montón de cosas en las que no puedo ganar. Incluso, competir. Y duele. Pero aquella chica tampoco tenía trazas de conocer este tipo de dolor. Además tampoco hacía falta que lo supiera. Vamos, que joven, bella, fuerte, valdría más otras cosas, pensaba yo mientras observaba el balanceo de su pretenciosa cola de caballo y sus beligerantes piernas y continuaba yo a mi discreto ritmo sobre la arena.
      ¿Existieron en mi vida días tan radiantes como el que ella parecía vivir? Sí, supongo que sí, pero seguro distintos en forma: Ni fueron relacionados con el hecho de salir a correr o hacerlo sobre la playa y menos a oscuras.
      En eso estaba cuando ella de pronto se detuvo en seco metros adelante. Se inclinó hacia el frente y recargó las manos en sus muslos. Aquel jadeo de bocanadas cortas se convirtió en una serie de gritos desesperados, ahogados. Se incorporó, dio dos, tres, cuatro jalones de aire y se volvió. Y la vi. De unos ojos grandes y negros brotaban lágrimas que como los ríos, se decantaban por el rostro lozano en dirección al mar.
      En silencio, ella emprendió el retorno con los labios apretados, la cabeza gacha y batiendo la arena con más fuerza que antes, y al pasar junto a mí se escuchó un buenos días, por mera cortesía. Yo lo devolví, e incluso quise esbozar una sonrisa, pero entre mi corazón palpitante, mis piernas temblorinas y mi respiración regular y silenciosa, que cuando me decidí ella ya estaba…
      De todos modos fue un placer contemplarla. Aunque ahora me doy cuenta, como dice Murakami, que esa es la forma en que el mundo pasa de unas manos a otras…
*Texto basado en "De qué hablo cuando hablo de correr", de Harukli Murakami.