21 feb. 2014

Regreso a la zona, la zonaja, la red zone… (Apuntes gonzos de y para alcohólicos melancólicos)


1. La vida
Tengo la boca amarga y los labios despellejados. El único sonido que sube mi garganta es el susurro de las rolas de Nirvana de Kurt Cubain y su álbum del mismo nombre. El negro. Alguien a un lado me pide que guarde silencio, que ya es tarde, que quiere dormir. Mientras comienzo a teclear y trato de enfocar los ojos en la pantalla de la laptop, recuerdo que ese día a Julián apenas y lo que le subía era la resequedad de las consonantes duras: primero, vamos por una michelada, una cerveza. Urge.
Tres 30 de la madrugada de un día similar a muchos pero diferente. Por un rato, los únicos sucesos son las imágenes de días antes que se estrellan unas contra otras al ritmo de You know you’re right mientras la voz del ícono del periodismo gonzo, Hunter S. Tompson, me dice: no hay historia a menos que la hayas escrito.
Busco por ahí, en el pantalón que está en el piso. Encuentro. Inhalo…

2. Tarros de cerveza oscura antes del mediodía
Para el sol de la mañana no le fue difícil llegar al Centro Cultural. Tanto, que la primera frase que obtuve del escritor Julián Herbert a mi solicitud de entrevista fue, entre tambaleándose por el cansancio y la cruda, la de buscar un trago. Acepto, lo imaginé recitando aquella frase de Sir Walter Scott: “ten el corazón y la cerveza negra a la mano”.
Yo estaba en el cursillo aquel que Julián ofreció durante tres días acerca del relato posmoderno, pero mi principal asunto para el sábado era el de realizarle una entrevista no por su libro famoso, Canción de tumba, premiado en no recuerdo dónde y tampoco en dónde más, sino más bien por otra cosa: su visión de Acapulco a tantos años de distancia.
Nos acompañaban en la mesa y por casualidad, Toño Salinas, poeta; Alfonso Pérez, novel cuentista, y Miguel Benítez, abogado de profesión, cuando sirvieron los primeros tarros de oscura…
¿Cómo empezó todo? Muy fácil: resultó que Alfonso fue vecino de Julián de cuando eran niños, así que varios litros de cerveza después, entre anécdotas de la Zona Roja del Acapulco de los años 70 y 80, remembranzas de aventuras, reminiscencias de personas, alusiones de lugares, me di cuenta que la empresa era imposible; no se podía trabajar en cualquier artículo, y cuando Julián comentó que quería darse una vuelta por la Zonaja no tardamos en ponernos de acuerdo.
Entre la plática sugestiva recuerdo dos cosas: la anécdota sobre su padre, al que tenía años de no ver, y que cuando un día antes de encontrarse, muere de un infarto. Toño fue testigo de aquella llamada, según dijo, y no recuerdo bien si hasta lo acompañó a la funeraria donde se velaba el cadáver de Gilberto (Membreño) Herbert.
La otra, la presencia de una tal Lupita; chica linda, delgada y morena que a ambos, Julián y Alfonso, traía vueltos locos en el barrio de aquel entonces.
–Era hija de Doña Ricarda, a la que le faltaba un ojo, comentó Julián, quien agregó que la señora era quien lo cuidaba de morrito.
–Sí, es verdad, respondió al Alfonso, quien luego de tragar saliva reveló que se había casado con un malandro apodado El Diablo.
-Chula, chulísima, la chamaca, masculló Julián mientras hundía el rostro en el último trago de cerveza…

3. Cuatro sujetos en un vocho traqueteado
Algo decía Octavio Paz en su laberinto, o Derrida o Lacán o Kristeva, relativo a la existencia de una sexualidad infantil, la cual tiene como primer objeto a la madre. Sin embargo, pronto descubrirá el hijo la “incompletud” de la entidad materna, puesto que ella es también un “ser deseante” que, como tal, busca fuera de sí la satisfacción de una carencia… ¿El abandono?
Horas después sabría que fue Freud el que lo dijo, y que parte de ello hay en aquella novelita, Canción de tumba, que nació de unos diarios que Julián de por sí escribía antes incluso, de que estuviera en el lecho de muerte de su madre.
–Cuando me publicaron aquella autobiografía (Mamá leucemia, Letras Libres, septiembre de 2009, pero mucho antes publicada en otro lado) supe que ahí había una novela, afirmó Julián, mientras volábamos los cuatro en un vocho traqueteado rumbo a antigua zona roja, desde Costa Azul, por sobre una Costera que para no variar, estaba atascada de camiones, taxis, ruido y el olor a mierda tan característico del puerto.
–¿Cómo estamos de tiempo? preguntaba Julián a Toño, quien sin voltear a verlo, ya que él manejaba, simplemente le contestaba que teníamos el suficiente, que no se preocupara.
–Que cambiado está todo… Es la primera vez en estos días… En estos años que vengo de nuevo por…
Y viajamos con él. Y recorrimos ese tramo desde la infancia en un proceso que ahora a la distancia estaba encaminado a constituirnos como… Aún no sé cómo.

4. Una observación acerca de Canción de tumba
Difícilmente me puedo sustraer a lo obvio: la novela.
Julián suelta su historia y nos hace sospechar acerca de su veracidad: la azarosa vida de Guadalupe Chávez, prostituta y madre del narrador que, a lo largo del libro, se encamina hacia la muerte, víctima de la leucemia.
Ya mi amiga Blanca afirmaba que poco le creía a la leyenda urbana de que Julián Herbert, escritor brillante y reconocido, e hijo de una de tantas putas que trabajaron en La Huerta y en el Pepe Carioca hubiese vivido como dice la novela.
Yo por mi cuenta, nunca he creído en la honestidad de un escritor.

5. Calle Malpaso
No hace mucho vi al tal Chilinski, hermano de Alfonso y que aquel día, en la casa ubicada sobre la calle Malpaso, junto a lo que era La Huerta, recordó a Julián como el niño gordito de short y sin camisa que se daba vueltas por la casa para ver películas o llegar a comer.
Descamisado y en pantalón de mezclilla, Chilinski paseaba caguama en mano por las ruinas de glorias pasadas.
Él nos contó que el hermano mayor de Julián, Jorge, se la pasaba practicando su inglés mientras veía las películas en las novedosas videocaseteras de los 80. Ahora, Jorge tiene casi 20 años viviendo en Japón, está casado con una chica de allá y es un empresario exitoso.
Alguien preguntó sobre qué era necesario para salir adelante desde tan abajo… No hubo respuesta. A lo más, pedimos unas caguamas y salimos de aquella casa porque surgió la duda: ¿y si aún vive doña Ricarda? ¿Qué fue de la chulísima de Lupita?
Y corrimos. Yo detrás de Julián, quien a esas alturas estaba embotado con los recuerdos y las historias que le surgían a cada paso que daba sobre las calles de su infancia hasta llegar a una puerta negra.
Dos golpes a la puerta. Nadie abre. Una débil voz pregunta al fondo. Ninguno atinamos qué decir. Julián sólo grita y grita con lo poco que le queda de voz: ¡doña Ricarda!
Y cual película de horror, se abrió la puerta y desde el fondo, desde lo oscuro, una viejecita sin un ojo, agitada por el esfuerzo pregunta que qué se nos ofrece.
Julián, sorprendido por verla, le pide, le ruega, que lo reconozca: soy yo, doña Ricarda, Julián, el hijo de Maricela Acosta, hermano de Jorge, usted nos daba de comer y nos cuidaba de morritos y…
–¿Y hasta apenas vienes? ¿Y en ese estado? Yo no te enseñé esa cosas, muchacho…
–Doña Ricarda, dijo él antes de lanzarse para abrazarla…

6. Lupita
Estábamos sentados Alfonso y yo en la mesa de doña Ricarda, a quien Julián no dejaba de abrazar, y una hermana de ella. Miguel y Toño se habían quedado calle atrás cuidando el vocho y con su caguama cada uno.
Tú corrías por acá y por allá, le decía la señora. Ustedes dos hacían esto y lo otro, y eran amigos de estos y aquellos, pero lo que Julián, pensativo quería saber era otra cosa.
Alfonso dio cuenta de que a pesar de ser unos cuantos años distantes en edad, la cercanía de los puteros y la convivencia forzada de la gente que en aquellos años formaban familias, no los hacía tan diferentes.
Pero Julián ya no atendía la plática, los pocos minutos que estuvimos ahí los aprovecho para serenarse y decir:
–Doña Ricarda, sé que la Lupita se le casó, ¿qué ha sido de ella?
Todos volteamos a verla. Su rostro, como el de aquel que pierde el útimo camión rumbo a su casa.
–Pues que se me muere…
–Pero cómo…
Y la doñita, entre que aguantaba el llanto y trataba de respirar narró que casada con El Diablo vivió una vida de penurias y malos tratos que terminaron con ella hospitalizada por un mal golpe que finalmente la llevó a al tumba.
–Lupita, ay Lupita, Lupita… balbuceó Julián.

7. La vida
Termino de teclear. Termina el CD de Nirvana. Dejo las cosas en que Julián ha sentido el estremecimiento de las lágrimas cuando casi aparecen porque sí, como quien atestigua un milagro. ¿Ése quién lo explica? Sólo el arte.
Y parafraseo a la Mastretta porque me da la gana: como las noches con estrellas, como el puto tráfico de la Costera, como el hecho de que seamos capaces de vivir aquí, como el vértigo de cada enamoramiento, como la llegada de un zanate negro al asqueroso mar, como los dulces de tamarindo y las caguamas bien frías y las puestas de sol, como la pinche memoria, las lágrimas no piden explicación, se explican solas.

8. La vida
Si bien me han pedido que circunscribiera este texto a la noción del eterno retorno, no puedo dejar de pensar si ese concepto circular de la historia sea válido.
No niego la necesidad de que en algún momento de la vida uno tenga la necesidad de volver sobre los mismos pasos pero pienso, como Kundera, que es verdad que el hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores…
Escribo, que Julián, Alfonso, Toño, Miguel y yo, luego de comernos algún guisado en una fonda cercana, y ya instalados en una cantinita brindamos por lo que quedaba del día en medio de un silencio que fue roto por un sujeto al que le pedimos previamente que nos trajera un par de grapas de coca.
Turnos para entrar al baño (no señalaré a nadie en particular) y dejamos que la tristeza que aún quedaba se fuera por la taza.
Serían en ese entonces apenas las 4 de la tarde y quedaban pendientes algunas lecturas del encuentro de escritores al que lo invitaron así como la presentación oficial de la novela en Acapulco. Del mismo modo, una cena más íntima que terminó sin más en la playa y un buen pozole al día siguiente.
Lo último que supe de Julián fue a través de su twitter días después: “me fui de Acapulco feliz y triste y físicamente hecho pedazos; como lo marca el manual. Grandísimo encuentro. Besos y abrazos a tod@s”.

9. La vida
Presiono control “G” mientras recuerdo, yo también he llorado esta madrugada frente al abandono. Apago la laptop.

Publicada en el periódico El Sur de Guerrero en noviembre 6, 2013.