22 nov. 2009

Suzi, mi Suzi


1

Si tú que me lees, si un día (o una noche) un ángel (o un demonio) se metiera en tu cama, donde velas solitario en la mayor soledad, para decirte “Esta vida que has vivido y que vives todavía y que tendrás que vivir –una vez más y para siempre–, todo en la misma sucesión y en la misma secuencia, y esta verja y esta araña y su tela que teje y desteje y esta luna brillando entre las palmeras y este momento y yo mismo, y si el eterno reloj de arena de la vida fuera volteado una y otra vez, y tú dentro, grano de arena en el reloj del eterno retorno”. Si esta idea, que no es mía, que es de Nietzsche, se posesionara de ti, de tu alma, te cambiaría o tal vez te aplastaría como lo hace conmigo cada tercer día que la recuerdo.

Sin embargo, la pregunta que hacen los filósofos, la pregunta del millón, sería: “¿Querrías que ocurriera una vez más y además innumerables veces?”. ¿Anhelarías algo con semejante fervor como anhelas esta última confirmación de la eternidad? ¿Ah verdad?

Y así fue que el sábado por la noche a la calle salí de mi casa y angustiado que estaba, descabezado que soy, paranoico que soy, me dejé llevar por la histeria. Agarré un taxi en la esquina…

–¿Adónde? –preguntó el chofer.

No le oí y volvió a preguntar:

–¿Adónde quiere ir?

–Al futuro –le dije.

–Estamos todavía en La Colosio.

¡Ah!, estos pinches choferes que lo saben todo, como hacer que las preguntas se vuelvan respuestas sin dejar de ser preguntas…

2

En el lugar no había nadie ni nada excepto por una mesa ocupada toda por varias cajas y en medio estaba, ¿sorpresa?, Suzi, más rubia que nunca, más bella que jamás. Me senté en un banquillo al fondo, donde la cocina es vecina. Miré a la mesa de las cajas y de vez en vez a donde una ventana que da a la calle, pero en realidad la miraba a ella, con su rostro esculpido, bien delineado, maquillado perfecto; fueron sus ojos lo primero que vi una vez que la tuve de frente, después el mini vestido amarillo y su estilizada silueta. Sin decir palabra vino hasta donde yo estaba y….

-¿Quieres venir?

–Si te parece –dijo y se encogió de hombros.

La misma Suzi de siempre: Indiferente pero nada diferente. Después de tanto tiempo me pareció normal. Total, el destino consiste en no tener destino…

–¿Adónde vamos? , preguntó coqueta.

–A completar el monstruo de dos espaldas que iniciamos una noche, una noche toda llena de murmullos y de música de nalgas.

–¿Qué es lo que dices loquito simpático?

–Lo que escribo…

3

Lentos corrían los coches de la noche y el verso, y el universo, que no era más que una maniobra para perder calor. Pero ¿para qué necesitaba andar con cuidado cuando podía moverme en el aire, tan embriagador como aquella noche? Llegados a una esquina oscura de la Costera, le eché a Suzi un brazo por la cintura y acaricie su espalda y ella no cambió de posición. Ni siquiera se movió. Mi Suzi está acostumbrada a mis manos, a mis roces; sabe que siempre la he querido y, por supuesto, se ha dejado querer a sabiendas de que pase lo que pase no la dejaré pese a estar con alguna otra.

-Te necesito, le dije, y de ella un destello en sus ojos mientras se dejaba montar y se ajustaban nuestros cuerpos y la tocaba, la tocaba donde más le gustaba, el botón correcto, y ella ronroneaba; y en la calle los ruidos del insomnio, ruidos de madrugada, de fornicar con ruido; no eran murmullos ni leves jadeos; eran aullidos, eran ruidos de amor. Mejor dicho eran sonidos de sexo mientras otros Ricardos y otras Suzies ululaban como brujas sobre potros; y recordé la esencia de ella: Animal celoso, posesivo, pasional; y recordé entonces la mía: Magnético, antisocial, el despotismo siempre frente a los extraños: “La vida vale menos que la muerte Baby” o “Libertad contra Felicidad”…

-Sólo tu entiendes, sólo tú me entiendes, sólo tú, sólo…-, y ella explotó tras el golpe de miles de palabras lanzadas a sus oídos; no soportó la presión del rojo del semáforo, no hay nadie inmune al vértigo, no hay nadie como mi Suzi y sus 750 de cilindrada; de cero a cien kilómetros en 2.6 segundos; y lanzados ambos sobre la avenida inmediatamente después del verde; Suzi y yo, yo y Suzi; nos retorcimos en cadencia idéntica, ambos sincrónicos en cada curva, zigzag, antes viuda que segundona, dijo luego de relinchar y de rugir …

4

Sí, aquella noche había oído el llamado de la máquina y acudí . Quería recordar lo que se sentía ser mirado, envidiado con una “jaca” como ella; adicto a la presunción después de todo; nunca en manada, sólo Suzi y yo dejando atrás el territorio del confort, del tedio del día a día, la nostalgia; quise devolverle la fuerza a mi corazón; escapar por un momento de lo que en verdad quería escapar, no de esta vida que he vivido y que vivo todavía y que tendré que vivir –una vez más y para siempre-, sino tomar distancia de este lastre llamado pasado; dicen que se puede abolir el pasado o, peor todavía, cambiarlo, pero no me interesa eliminar y mucho menos cambiar mi pasado, así que abrí el acelerador para sí, tomar la distancia del observador; para ver cómo se distorsionan con la velocidad las imágenes: Aquel cuerpo que ya no es mío, aquellas piernas firmes, esos labios que no saben besar o aquellos ojos que lo decían todo; aquellas frases sin terminar y aquella rosa en la puerta de una casa ahora convertida en ataúd; dejar rodar las lágrimas que sean necesarias pero dejarlas atrás, lejos, atrás, bien lejos sobre una calzada de palabras no dichas…

La vida entonces se agitó del otro lado del semáforo, el último, yo, detrás de un maneral inalcanzable, sobre las alas del demonio, y cuando se encendió el verde Suzi contoneó su cuerpo de doble viga y relinchó alzando las patas delanteras poniéndome en las nubes de un solo golpe dejando mi alma rezagada; Suzi quería que yo sonriera, y sonreí…


(Agradecimientos: A Óscar y a Xavier por la idea, pero principalmente a Guillermo; son suyas las palabras que hice mías aquella noche de sábado…)