22 may. 2017

Enjoy the silence

Ya no es sólo la Condesa, la Costera o el puerto; es un tiempo y un espacio lleno de gritos, humo y vidrio cayendo de madrugada, sobre los rastros de orina, sangre y vómito.
            Pasan las personas, avanzan cerveza en mano, algunas trastabillando, cayéndose confusas, torpes y borrachas y mientras tanto, el sonido del impacto que permanece en el aire, rodando por la calle.
Esto es Acapulco ahora, pienso, mientras el humo se despeja en sísmicas oleadas y nos descubre un cuerpo, luego otro y dos más.

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Una de las quimeras más perseguidas en Acapulco se llama peligro, dijo alguna vez Xavier Velasco y la noche inicia con el calor ascendiendo del asfalto, enfilando contra las miles de máquinas que primero como un zumbido, un rumor y luego, como el grito de amor de los toros en brama, tomando consciencia de su poder.
            Patrullas y policías, peatones y ladrones, carros, camiones y mofles, se rinden a los motores que rugen desde Costera 125 hasta el Calinda y metros más allá, allá, donde la Orquesta Filarmónica de Acapulco mal interpreta a Mahler convirtiendo su quinta sinfonía en un barullo.
En la calle, la música de fondo va de lo tropical a lo electrónico, donde los jinetes se vuelven adictos a la presunción y las chicas que bailan sin más recibiendo tantitos aplausos premiando su nobleza; chicas que saben que la vida está en ese manillar inalcanzable, edecanes AAA convertidas ahora en XXX.

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Tribus desafiantes, desdeñosas de toda precaución, esto es Acapulco ahora: el colectivo a la Colosio que no quiere llevar al pasaje porque hay tráfico, el vocho blanco y azul que quiere cobrar de más, los tacos de a diez pesos la orden y el restaurante de clase que cierra para servir como letrina gigante.
Esto es Acapulco ahora: los municipales y turísticos recargados en sus patrullas tomando fotos; unos cuantos policías que sólo atinan a ver cómo se mofan de sus reglas, cláusulas, artículos.           
Esto es Acapulco ahora: el sujeto replicado a lo largo de la Costera, sobre las banquetas, los camellones y que se empeda y no atina a subir a la motocicleta, el que derrapa, cae y es levantado y subido nuevamente a su trono de dos ruedas.
Brandy, tequila, vodka, ron y cachondería cadenciosa en este aquelarre del que se rumora, tres millones de pesos solicitó su organizador al municipio para traer.
                       
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¿A poco soy de palo?, refunfuño preguntándome en qué momento vino, viene, vendrá cualquier cosa a rescatar al ego que ahogo en una, dos, tres latas de Indio, que hundo en los ríos de gente que avanza y no avanza, que mira y no ve en una noche que alargo por culpa de la ficción.
Hay fantasmas en Condesa, recuerdo, y sus ecos me reiteran que el romance no es placidez sino combate; putas, putos y payasos para sacarlo a uno de la rutina y su legión de fraudes.

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Pocas fiestas pueden jactarse de serlo y en épocas de crisis las noches, estas noches, son particularmente pintorescas y hasta necesarias.
Entre el Mojito y el Paradise Bungy, entre Disco Beach y las Torres Gemelas la muchedumbre va y viene en romería; a pesar de ser media quincena marcha hacia el placer con la ausencia de dinero.
Pero, esto es Acapulco ahora: Policía insuficiente, Ejército de Palo, apenas un par de ambulancias y decenas de Oxxos abiertos y cuyo director general ofrecerá en breve conferencia de prensa para celebrar sus ventas.
            Pocas fiestas pueden jactarse de serlo y en estas épocas de crisis las noches de Acapulco así y aunque nos duela, ya no extrañan ni su creador Teddy Stauffer, quien no tiene ni una pinche calle, callejón o esquina con su nombre.

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Todo sucede por todos lados, donde el Hotel Elcano, el restaurante El Faro: una camioneta oscura volteada, con las ventanas reventadas, con ruidos emergiendo; voces inaudibles escarbando en las ruinas, chorros de sangre y un cuerpo, luego otro y dos más.
Hay zapatos olvidados en la calle, bolsas de mano y hasta celulares.
No faltan las latas de Corona que llegan en extraños rebotes hasta el cadáver de una motocicleta.
Acapulco es esto también: figuras con ojos embebidos rezándole a Dios entre el olor de la gasolina y la mierda pegada al piso en medio del desgarro sostenido de las sirenas en el aire.
Con el ruido por doquier, corremos todos, nos juntamos todos.
           
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Esto es Acapulco ahora: ese hombre tirado en el piso venido a bulto y que luego de un rato jadea profundamente por última vez mirando hacia el cielo hacia una luz inventada.
¿La historia, los detalles? ¿A quién le importa en estos momentos? Las ganas de redactar resbalan por mis dedos mientras escribo que corro y a continuación me detengo junto a ese bulto venido a hombre.
Y me quedo parado, balanceándome, tratando de respirar el aire caliente de esta primavera, a la mitad de los alaridos espasmódicos de incredulidad, las maldiciones y los gritos perdidos, ahogados, de la gente alrededor mío.
Balanceándome, tratando de comprender cómo es que el brandy, el tequila, el  vodka, el ron y la cachondería cadenciosa de este aquelarre perdieron su sentido.
Esta es ahora la realidad: he visto morir a un hombre y poco importa el texto, la crónica en sí; ninguna nada pagaría con justicia esta tristeza que ahora siento sin negar que debido a ello es que estoy aquí.

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La mañana llegaría muerta en medio de destellos vidrio y pedazos de metal con el borde cortante, restos de papel pasando a vuelo raso, revoloteando, como queriendo atraparnos con su oscuro y fúnebre cobertor. Esto es Acapulco ahora pienso mientras el humo se despeja en sísmicas oleadas.
Esto es Acapulco ahora: la puta decrépita que se quita la dentadura para complacer al cliente.

Ser un biker
El llamado de la máquina y ni modo.
Con “la serena cortesía de un matón de videojuego, la elegancia de una reina del porno, la paciencia de un camionero en crack y la siempre certeza de que aquí la vida vale menos que la muerte, baby” dice Velasco.
Pero nunca como estos días, nunca como este fin, nunca como esa noche.