9 abr. 2011

Sufrir, amar, crecer...

A Jimena

Lo que se ve:
Renato está sentado. Con la espalda hacia atrás. Casi no se mueve. Golpea con los dedos la mesa. Voltea discretamente a su derecha. Luego, a su izquierda. Tuerce la boca. Saca de su mochila una coca de lata. Está tibia. Hace una mueca. Se encuentra en la primera mesa, lejos de la de Valeria, quien ríe y ríe con el muchacho a su lado. Pero Renato está ahí. Destapa la lata dejando escapar el gas. Y Renato ya no está ahí. Un trago sin dejar de ver a su izquierda. Cierra los ojos. La concentración total. La concentración de alguien que trata de olvidar a alguien. No puede. Ahí, en la orilla de un cuarto lleno de gente, sitiado por cuerpos, sudor y ruidos, él parece un faro que ilumina lo que pasa a su alrededor. Enfrente, derecha, atrás. Otro trago a su coca. Pero cuando mira a su izquierda, es obvio que el faro no ilumina, sino oscurece su entorno. Sólo existe lo que piensa Renato, lo demás permanece en la oscuridad. Es una cafetería escolar. Una secundaria. Un lugar donde él ha encontrado una esquina, un pliegue, un refugio. Un lugar discreto donde bebe una coca un muchacho que piensa en otra cosa.
   Cuando se levanta mete las manos a los bolsillos del pantalón y camina, en zigzag, hacia Valeria entre las mesas. El leve ruido de sus zapatos de charol. El salto súbito de su corazón. El sudor escurriendo de su frente.


Lo que no se ve:
   Renato piensa en Valeria. Una, dos, tres, cuatro ideas sobre cómo volver con ella. Piensa en esos ojos negros y grandes que ahora no sólo son un recuerdo o una nostalgia sino también, sino sobre todo, una pérdida. Algo propio. Piensa en su primera mirada, su primer beso, sus conversaciones telefónico-maratónicas. Piensa en el último momento. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué fue lo que NO pasó? Piensa en la imagen con la que le dijeron al mundo que estaban juntos. Esto es definitivo: ¿Cada quien por su lado? ¿Maldecir o suplicar? Renato desconoce las causas pero sabe los detalles. Y le da vueltas a las ideas para volver con Valeria. Una, dos, tres, cuatro. Así no sufre. Así se protege. Esto es un velo. Lo hace así mientras está sentado. Con la espalda hacia atrás en la mesa y, en lugar de beber de su coca, piensa. Recuerda. Enumera.
   Una, dos tres, cuatro ideas.
   ¿Para cuántas veces alcanzará eso que dicen que sienten? Eso se pregunta ahí, dentro de todo lo que no se ve, atrás de los párpados. Renato al levantarse sabe que Valeria no se detendrá cuando necesite clavar esos ojos; husmeará a su alrededor como una asesina y, a diferencia de una asesina, lo matará por segunda vez. Diferencia sutil. Recordarán sus vidas. Las volverán al revés y luego al derecho. ¿Hacer una escena? No. Ropa sucia. Renato sabe que al hablar con ella vendrán las preguntas difíciles, las respuestas a medias y de él tendrán que salir las ideas. Una, dos, tres, cuatro. Quiere protegerse de todo. Sobre todo de sí mismo. Quiere que ya muerto, el amor muera de verdad. Que descanse en paz. Eso quiere, y eso es lo que no puede pasar, piensa. Público y divino a un tiempo, el amor. Intacto. Así lo quiere Renato. No quiere descorrer el velo, necesita descorrer el velo. Una, dos, tres, cuatro ideas.

Lo que está escrito en una hoja suelta:

   Renato:
   Antes que nada, te quiero. Te escribo porque no he encontrado una mejor manera de acercarme a ti, ni otro camino que esta hoja, en la que te puedo decir las cosas sin que nos lastimemos. ¿Cómo impedir que lo que sentimos quede hundido en el piso de esta escuela? ¿Cómo impedir que te enojes, grites y desaparezcas al salir del salón? Aquí te vuelves un murmullo, uno que me permite decirte que yo voy a ti para cobrar la profundidad que me falta, eres esa raíz sin la que los días giran inútilmente por los pasillos. Pero mi propio hallazgo no me deja tranquila: pienso que no soy completamente yo, dudo que esta mano que escribe sea la mía y no acepto que esto que siento se extienda por estos renglones. Y es cierto, tampoco esta duda y esta inconformidad me pertenecen. Aquí nada se parece a nada aunque cada imagen sea mi imagen y cada sonrisa salga de ti. Aquí es donde te pido tiempo, aunque me duela prolongar tu mirada, o la ruta de un ademán que no quería decir más, cuando nos veamos, cuando no nos veamos.
Dame tiempo. Por favor, dame tiempo.
Valeria.

Lo que se oye:

     -¿Valeria, te molesta que me acerque? ¿Te incomoda?
-Este, no, para nada…

     -Sabes, te quiero…
-Yo también te quiero…
     -Pero yo más…
-Tú estás más dentro de mí que yo misma, Renato, pero…
     -¿Crees que tú y yo…?
-Estoy... Estoy con Víctor… Salgo ya con Víctor…


Lo que en realidad pasa:
Eso no lo puede saber este cuento.