8 may. 2013

Fría madrugada...



¿Han intentado correr cuando aún es de noche en la playa? Bueno, que para la gente que tiene la cordura intacta esto es ocioso, pero hay quienes en las madrugadas nos planteamos esta cuestión. Yo lo hice una vez. Me levanté a las cuatro, me puse los tenis y a las cinco ya estaba sobre la arena. Y a correr. El frío era tremendo y las oleadas de viento me lo decían una y otra vez en la cara. Aguzaba el oído sólo para que el mar me recordara que estaba solo y por ende vulnerable, al tiempo que una media luna medio alumbraba el camino.
      Además, mientras corría pensaba, así nada más, que ya no era importante eso de llevar los tiempos. Es un hecho: He envejecido. Nadie tiene la culpa. Son las reglas del juego. Es igual a… no sé a qué sea igual. Uno se ve en el espejo y nada se puede hacer. Quizás descubrirlo no resulte grato. Quizás entenderlo y sobrellevarlo tampoco resulte particularmente…
En cualquier caso, así es como corría esa vez. El corazón me palpitaba y las piernas me temblaban. Ni hablar de la húmeda y fría camiseta empapada por el sudor. Corría en medio de mi respiración regular y silenciosa, apretando la quijada, bañado en sudor. Corría así cuando me asustó el jadeo de alguien que respiraba a bocanadas cortas detrás de mí.
      Alta, estilizada, con una camiseta blanca y cola de caballo castaña y escuchando música en su Ipod me adelantó. Mientras corría en línea recta cortando el viento vi en ella un aire desafiante y agresivo. Parecía acostumbrada a pasarle a la gente, a adelantársele a todo el mundo. Y seguramente no estaba habituada a que la adelantaran. Saltaba a la vista que era brillante, sana y por supuesto atractiva. Seria y muy segura de sí misma.
      En su caso, la forma de correr era impresionante: zancada larga y apoyo incisivo, firme. Correr disfrutando de la arena y las olas, no encajaba en su mentalidad.
      Me resigné a ir detrás puesto que ya estoy bastante acostumbrado a perder. Sé que hay en este mundo un montón de cosas en las que no puedo ganar. Incluso, competir. Y duele. Pero aquella chica tampoco tenía trazas de conocer este tipo de dolor. Además tampoco hacía falta que lo supiera. Vamos, que joven, bella, fuerte, valdría más otras cosas, pensaba yo mientras observaba el balanceo de su pretenciosa cola de caballo y sus beligerantes piernas y continuaba yo a mi discreto ritmo sobre la arena.
      ¿Existieron en mi vida días tan radiantes como el que ella parecía vivir? Sí, supongo que sí, pero seguro distintos en forma: Ni fueron relacionados con el hecho de salir a correr o hacerlo sobre la playa y menos a oscuras.
      En eso estaba cuando ella de pronto se detuvo en seco metros adelante. Se inclinó hacia el frente y recargó las manos en sus muslos. Aquel jadeo de bocanadas cortas se convirtió en una serie de gritos desesperados, ahogados. Se incorporó, dio dos, tres, cuatro jalones de aire y se volvió. Y la vi. De unos ojos grandes y negros brotaban lágrimas que como los ríos, se decantaban por el rostro lozano en dirección al mar.
      En silencio, ella emprendió el retorno con los labios apretados, la cabeza gacha y batiendo la arena con más fuerza que antes, y al pasar junto a mí se escuchó un buenos días, por mera cortesía. Yo lo devolví, e incluso quise esbozar una sonrisa, pero entre mi corazón palpitante, mis piernas temblorinas y mi respiración regular y silenciosa, que cuando me decidí ella ya estaba…
      De todos modos fue un placer contemplarla. Aunque ahora me doy cuenta, como dice Murakami, que esa es la forma en que el mundo pasa de unas manos a otras…
*Texto basado en "De qué hablo cuando hablo de correr", de Harukli Murakami.