NOTA: La Séptima carta a los colosienses es una de nueve que fueron encontradas en los papeles personales del autor mientras estuvo recluido en el psiquiátrico de Cholula antes de ser desahuciado.
Forzar la realidad. Falsearla. Ver lo extraño y el extrañamiento. Agarrar por las nalgas los dichos de las abuelas. Hablar mal de la familia, los amigos, los enemigos, las parejas y las ex parejas escudándose en el narrador omnisciente. Matar el aburrimiento, echar mierda contra Octavio Paz o contra Revueltas, sin que se den cuenta de que se está hablando de ellos (claro, están muertos). Muchas de ellas, excusas para escribir.
Sin embargo, escribir no es fácil. Pero el resultado es estupendo. Lo he probado y saboreado.

En esos lugares me han dado las herramientas para revolver veinte palabras de sencilla pronunciación y ocho conectores de dócil manejo con saliva tibia. He aprendido a dejarlas a fuego lento mientras se lee (todos, copia en mano) algo de nuestro trabajo. A esparcir la dosis de admiración producida por ese algo, ya sea cuento, poema o ensayo, en el ambiente humedecido por una cómplice sonrisa juvenil y por la mala leche del más escéptico del grupo. He aprendido a mezclar todo con un número indeterminado de palabras frescas, sean frías o recién sacaditas de un diccionario. A aderezar la mezcla con experiencias personales, programas de televisión, olores de la calle o las voces de los compañeros. A aprender a echar al gusto unas cuantas burlas a los profesores y, si hay a la mano, un polvito de nostalgia.
Además, es duro decirlo pero es cierto, también se aprende lo que no: hay quienes no sirven para escribir literatura. Pero, aunque sean abogados, genios de la moda, arquitectos, mahometanos, universitarios de pésima ortografía y de gran elucubración, hay que darse cuenta de que la literatura sirve para todo, y hay que luchar contra la corriente para descubrir lo que todos andamos buscando: la magia de las palabras. La salvación.

Ahora. Una vez que se cruzó la frontera lecto-escritora y se escribe porque se lee, porque se quiere parecer uno a Faulkner, Carver o Arreola, o porque se está enamorado de la capacidad de las palabras para decir la verdad, seamos honestos y digamos: escribimos sobre todo porque no sabemos escribir pero en un taller podemos aprender…
Taller de Eduardo Antonio Parra (México, D.F. 2011)